PROMESA Y JURAMENTO.
HEBREOS 6:16 Ahora bien, cuando las personas hacen un juramento, invocan a alguien superior a ellas para obligarse a cumplirlo. Y, no cabe ninguna duda de que ese juramento conlleva una obligación. 17 Dios también se comprometió mediante un juramento, para que los que recibieran la promesa pudieran estar totalmente seguros de que él jamás cambiaría de parecer. 18 Así que Dios ha hecho ambas cosas: la promesa y el juramento. Estas dos cosas no pueden cambiar, porque es imposible que Dios mienta. Por lo tanto, los que hemos acudido a él en busca de refugio podemos estar bien confiados aferrándonos a la esperanza que está delante de nosotros. NTV.
En la vida cotidiana, muchas personas hacen promesas y las rompen. De igual manera ocurre con los compromisos que adquieren, estos se rompen como hojas secas al viento. La ruptura de las promesas o los compromisos a veces se da por debilidad, otras por olvido, y en ocasiones incluso con intención. Por todo eso, las palabras de los hombres cada vez más van perdiendo su valor y confiabilidad. Por esta pérdida de valor, cuando una persona quiere demostrar que habla en serio, levanta la mano y jura. Algunas veces hacen estos juramentos por algo de gran valor y estima por ellas: A veces juran por sus vidas, por sus hijos, pero en ocasiones llegan a jurar en el nombre de Dios. De esta manera las personas invocan algo más grande que ellas mismas para dar peso a su palabra.
En un mundo de cambios constantes: amistades que se desvanecen, planes que se quiebran, emociones que fluctúan. El eterno Creador da a conocer a todos sus hijos que Él no cambia, que sus palabras permanecen, que su amor es eterno. Estas palabras lo respaldan con un juramento algo tan solemne que, en la antigüedad, ponía fin a toda duda. Dos cosas inmutables: su promesa y su juramento. Y detrás de ambas, su naturaleza: “Es imposible que Dios mienta”. Él no necesita jurar. Él es la Verdad absoluta. Sin embargo, en su infinita misericordia, Dios no solo les dio una promesa, sino que selló esa promesa con un juramento. No porque Él necesite probar algo, sino porque las personas necesitan seguridad.
Los seres humanos, conscientes de su fragilidad, apelan a alguien más grande cuando hacen un juramento. Pero ¿quién es mayor que Dios? Nadie. Por eso, cuando Él quiso asegurarle su fidelidad a toda la humanidad, no tuvo a quién jurar más que a sí mismo. Y lo hizo. No una, sino dos veces: promesa y juramento. Ambas selladas con la integridad absoluta de su carácter. El carácter de Dios contrarresta infinitamente al carácter de los hombres, el hombre puede quebrantar su juramento pese a que lo haya hecho en el nombre de Dios. Pero Dios pese a que no juro en el nombre de alguien más sino en sí mismo, jamás romperá con sus promesas y su juramento.
Dios no quiere que las personas vivan en la duda, en la ansiedad o en la incertidumbre espiritual. Él desea que sepan, con toda certeza, que su palabra es tan estable como su naturaleza. Y puesto que “es imposible que Dios mienta”, todos sus hijos pueden descansar en Él sin ninguna clase de duda o temor. Los hijos de Dios pueden vivir tranquilamente con la certeza de que cuando acudan a Dios, van a encontrar: refugio, resguardo y protección de cualquier clase de maldad que venga de los hombres o del maligno. Además, tienen la seguridad de que su vida en el reino de los cielos esta asegurada gracias a la promesa y juramento de salvación y vida eterna.
Queridos hermanos. Quisa en este momento estemos atravesando por una temporada de incertidumbre, de escasez, de enfermedad o necesidades. Tal vez estas circunstancias nos estén gritando incesantemente que todo está fuera de control. En estas circunstancias difíciles y complicadas, no debemos agobiarnos, más bien debemos poner nuestra mirada en las Sagradas Escrituras. En esas páginas podemos ver que Dios ha jurado por sí mismo que velaría por cada uno de sus hijos.
